Día mundial por la reducción de las emisiones de c02

Cada 28 de enero se conmemora el día Mundial por la Reducción de las Emisiones de CO2, este día fue designado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como el día clave del año para tomar decisiones en pro del cuidado de nuestro planeta, con el objetivo de crear conciencia y sensibilizar a los habitantes de nuestro planeta sobre el cambio climático y los impactos ambientales que esto ocasiona. También busca impulsar el desarrollo y aplicación de políticas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, tales como inversiones en el desarrollo de fuentes de energía renovable, cambio a combustibles más limpios, mejoras en la eficiencia de los procesos de combustión y modificar las tendencias de consumo a través de la educación ambiental.
El CO2 es la composición del dióxido de carbono, uno de los gases de efecto invernadero (GEI). Este gas, cuando llega a la atmósfera, retiene parte del calor que el sol nos envía, al igual que en un invernadero. Sin ellos, nuestro planeta sería un bloque de hielo. Ahora bien, cuando la cantidad de estos gases aumenta y se altera el equilibrio, el clima cambia y se comporta de manera distinta.
Por la anterior razón, debido a la sobreacumulación de estos gases en la atmósfera, la temperatura ha aumentado gradualmente. Dentro de la comunidad científica se ha abordado esta discusión, centrándose la misma en las consecuencias derivadas si el planeta se calentase 4 grados centígrados más; en estén debate Johan Rockström afirma que “es difícil ver cómo podrían vivir mil millones de personas o incluso la mitad de eso… allí sería una minoría rica de personas que sobrevivirán con estilos de vida modernos, sin duda, pero será un mundo turbulento y conflictivo”.
Para la comunidad científica, en este siglo es posible superar los 4° C. En la actualidad, la tierra parece estar avanzando hacia 1.5°C para 2030 y 2°C antes de 2050. Este aumento de temperaturas provocaría aumentos en los niveles del mar que podrían subir de 2 a 3 metros para 2100, no habría grandes capas de hielo en ninguno de los dos polos, se aceleraría la sexta extinción masiva de la historia, habrá una desertificación severa en el sur de África, la mayoría de las latitudes bajas medias serán inhabitables debido al estrés por calor o la sequía.
La opinión de Johan Rockstöm sobre las consecuencias por el aumento de la temperatura no es una exageración; otros científicos lo secundan, como el profesor Kevin Anderson, director del Centro Tyndall para el cambio climático, cree que solo alrededor del 10 por ciento de la población del planeta, alrededor de 500 millones de personas, sobrevivirá si las temperaturas globales aumentan en 4° c, afirma que “para la humanidad es una cuestión de vida o muerte, la raza humana no se extinguirá, pero solo unas poca personas con los recursos adecuados podrán ponerse en las partes correctas del mundo y sobrevivir. Es extremadamente improbable que no se tenga una muerte masiva a 4°C.
Como lo hace ver la comunidad científica, las consecuencias son graves y amplias para toda la humanidad, aunque solo sea una pequeña parte del mundo los que generan grandes cantidades de CO2. Al respecto, literatura de diverso tipo -científica, periodística y política- coincide en señalar que las industrias que más cantidad de CO2 emiten son la producción de energía, industria petrolera y sector alimentario (especialmente la industria ganadera). Los países que más emiten dióxido de carbono, se encuentra China y Estados Unidos –entre ambos emiten cerca del 44% de las emisiones de carbono del mundo-.
Frente a esta situación, la comunidad internacional ha tomado acciones pactadas en acuerdos internacionales sobre la materia, por ejemplo, el Protocolo de Kioto de 1997 y el Acuerdo de París de 2015, ambos instrumentos tienen como finalidad reducir los niveles de CO2. El esfuerzo más reciente –Acuerdo de París- busca mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2° C e idealmente en 1,5°C, bajando las emisiones de efecto invernadero.
Este último instrumento ha sido todo un fracaso debido a que ha tenido que sufrir enmendadura tras enmendadura, además dilación para que los países se unieran, lentitud de las negociaciones y la salida de Estados Unidos de este acuerdo en 2017.
La cuarentena surgida debido a la pandemia por COVID-19 redujo las emisiones de gases de efecto invernadero –lo que generó falsa esperanza en lograr la recuperación ecológica-, pero también significó una caída de la economía global; lamentablemente la recuperación económica se llevó de encuentro a la ecológica.
Estudios de la FAO revelan que la ganadería genera alrededor del 9% del CO2 que procede de las actividades humanas, pero que produce un porcentaje mucho más elevado de los gases de efecto invernadero. Sin embargo, el Acuerdo de París no trata nada acerca de la industria ganadera y se ha mantenido intocable por décadas.
Y así, diversos esfuerzos o alternativas frente al calentamiento global y a la emisión de CO2 han fracasado; esto se debe a que no se atacan las causas estructurales-sistémicas que depredan agresivamente la naturaleza y, en consecuencia, la vida.
Lo que se necesita, en realidad, es un conjunto de propuestas que frenen el crecimiento desmedido que no reconoce la finitud y fragilidad de los bienes ambientales, que contradigan los criterios del capitalismo y que, en su lugar, fomenten el respeto a la capacidad de generación y regeneración del planeta.
En otras palabras, para frenar los altos niveles de emisión de CO2, que desde la Revolución Industrial solo han ido en aumento, se necesita cambiar el sistema, los modelos de producción y consumo, la generación de energías limpias y medidas que regeneren el daño causado por la sobreacumulación de CO2; este tipo de medidas serían una mejor alternativa que el desarrollo de otras como los mercados de carbono.
