La rebelión es contra el pensamiento colonial

Por: Alejandro Henríquez

Es un hito universalmente conocido lo sucedido el día 12 de octubre de 1492 –la llegada de Cristobal Colón al territorio de “Abya Yala,” de manera accidentada, puesto que buscaba una nueva ruta comercial que uniese a Asia y Europa, los cuales estaban conectados mediante la ruta de la seda, pero con la caída de Bizancio en 1453, tal ruta fue dominada por los Otomanos y, por ello, Europa se vio obligada a buscar una alternativa-. Dicho hecho, dependiendo de la visión que adoptemos, puede ser llamado el día de la raza o de la hispanidad –que deriva de una concepción o consideración de la historia eurocentrada o eurocéntrica-; o, por otro lado, si somos influenciados por corrientes de pensamientos propios de la región –especialmente por la descolonialidad y sistemas teóricos de la liberación-, le conocemos como el día de la resistencia indígena.

La versión eurocéntrica de la historia narra, en resumidas cuentas, que América fue descubierta y que el territorio adquirió una forma civilizada de vivir. Sin embargo, no da cuentas de otras situaciones socio-políticas y culturales que se derivaron de la pisada de los españoles al territorio de “Abya Yala”. Para empezar, acá, en este mismo movimiento histórico, nace un modelo colonial cuyas notas características son la opresión/dominación/explotación/subordinación; pero, a la vez, nace la modernidad. En este sentido, podemos decir que la colonialidad y la modernidad son dos caras de una misma moneda, no puede haber colonialidad sin modernidad, ni modernidad sin colonialidad –aunque Europa trata de hacer ver que la modernidad nace por condiciones y sucesos internos del continente, tales como el época renacentista, lo cual resulta totalmente falso-. Asimismo, inicia la instauración de relaciones intersubjetivas basadas en el capital.

Estas relaciones de dominación colonial se proyectan en el ser, saber y el poder; es decir. Con el ser, las subjetividades que componían los pueblos originarios fueron reducidos a objetos de dominación y susceptibles de explotación por parte del conquistador; mientras que este último se autoreconocía como el único sujeto. Esta reducción de los pueblos originarios a objetos se dio debido a la separación que se hacía del cuerpo y el espíritu por parte de la sociedad occidental, siendo lo espiritual o la mente lo racional, lo que conoce y genera pensamiento; mientras que el cuerpo se concibió como el objeto conocido, lo manejable, lo pensado; asimismo, se fue fraguando un modelo de subjetividad abstracta –el hombre blanco, entre otras características- que provocó la negación de la subjetividad o el ser de los conquistados, puesto que no encajaban en estos criterios abstractos.

La conquista del saber, en resumidas cuentas, consistió en el epistemicidio de los pueblos conquistados; es decir, en la deslegitimación y posterior destrucción de los conocimientos populares de los pueblos, así como de las formas de producción de dicho conocimientos. Además, poco a poco, se fue instaurando una lógica monocultural del saber, destruyendo paulatinamente los sistemas normativos y jurídicos, así como las instituciones propias de los pueblos originarios. De esta forma, se impuso un sentido del saber moderno –eurocéntrico-, en el que el único criterio de validez del conocimiento era la ciencia y sus métodos para producir conocimiento y, obviamente, dado que los pueblos de América no producían ni concebían el conocimiento con esa lógica, tuvo como consecuencia su deslegitimación por parte de la metrópolis occidental.

En cuanto a la conquista del poder, es el caso que los conquistadores crearon, mediante una operación mental ideológica, principalmente, las categorías de género, clase y raza. En este caso, me interesa destacar el concepto de raza, puesto que fue y es un término que, antes de 1492, no existía. El mismo fue creado para “clasificar” a los seres humanos con base en sus características fenotípicas; llegando a clasificarse pueblos enteros bajo esta idea. La raza significó el rol social de las personas a partir del fenotipo y, en este sentido, los “negros” fueron destinados a la esclavitud, los “indios” a la servidumbre y, como una forma de privilegio, “los blancos” al trabajo que les permitía acceso a sus productos; produciéndose, de esta forma, la división racial del trabajo.

Todo este sometimiento y subsunción de una subjetividad hacia otra o, en otras palabras, de un individuo por otro, fue todo un proceso desplegado a lo largo de la historia. Es decir, no todo el aparataje de dominación nació el día del “descubrimiento de América”, pero, sí es cierto, que ese día marcó el inicio de la historia de la monoculturalidad, del racismo, de la ruralización de las comunidades indígenas y de la negación de la calidad de sujeto a los oprimidos.

Tales condiciones propias de la colonialidad, hoy en día se mantienen, el racismo es cada vez más acentuado como instrumento de dominación en diferentes partes del globo; el desprecio por los saberes populares –epistemicidio-, dado que no son saberes producidos por “criterios científicos”; la expropiación e invasión de los territorios indígenas para esquilmar sus bienes naturales que les permiten la satisfacción de necesidades que hacen posible la vida; la discriminación en todas sus manifestaciones, la estratificación social, el malinchismo por lo producido en otros países; la aspiración a estilos de la vida “occidental”. Todas estas condiciones sistematizadas son solo una muestra de que la colonialidad pervive y se practica cotidianamente en sociedad y, por supuesto, a nivel global mediante el sometimiento político, económico, cultural y epistemológico de un país a otro.

Para hacer frente a tal escenario y procurar la práxis de la liberación de los pueblos oprimidos, sometidos y explotados, diversas corrientes del pensamiento latinoamericano han propuesto una serie de prácticas con un giro descolonial, revalorizando los saberes populares y sus métodos de construcción comunitaria y colectiva; erradicando los enfoques raciales y la idea de la monoculturalidad y, en su lugar, optar por una pluriculturalidad, reconociendo la existencia del pluralismo jurídico y, a su vez, aceptando que no es posible hablar de  una subjetividad o de un individuo homogéneo subsumido en el eurocentrismo; sino que existen diversas subjetividades dotadas de una identidad propia y distinta a la eurocentrada.

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