Monseñor romero: el testimonio del reino de dios para los pobres

24 de marzo de 1980, Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez es asesinado mientras celebraba misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia en la capital. Su delito fue predicar un evangelio misericordioso para los pobres y duro para los opresores, pelear por la justicia y amar al pobre. El obispo murió frente al altar. El disparo le atravesó el corazón. su asesinato fue planeado por el mayor Roberto D’aubuisson, fundador del instrumento partidario de la oligarquía salvadoreña.

Su asesinato no arrancó el mensaje de justicia, de amor y solidaridad que imprimían cada palabra de Monseñor. La palabra y lucha de Monseñor Romero siguen tan fuerte en nuestros días como en el tiempo que él mismo las proliferaba y liberaba. Su lucha es la continuación de la lucha de Jesús, quien anunciaba el reino de Dios en la tierra. Jesús y Monseñor Romero comprendían muy bien la desgarradora espera de los pobres a la llegada del reino de Dios, por eso, en lugar de anunciar un reino de Dios en el cielo, ambos predicaron un reino de Dios en la tierra, un reino de Dios que a los pobres les sacie el hambre, la sed, les de cobijo y les llene de esperanza y fe en la humanidad. Asimismo, ambos sabían que Dios aborrece al rico epulón, al mezquino. No hay pecado más grande que la injusticia.

Así, el mayor de todos los pecados es que el rico coma el doble y al pobre Lázaro lo dejen fuera con el plato vacío. Monseñor Romero sabía que Dios se llena de cólera viendo tantas injusticias; por eso, el mensaje de Monseñor Romero estaba fuertemente cargado de un sentido material, más que espiritual. El reino de Dios, para Monseñor Romero, debía ser en la tierra, no en el cielo. Este reino que predicó Monseñor Romero es un reino de justicia, donde a nadie le falte lo que a otros les sobra, donde nadie pase hambre, donde nadie pase sed; donde nadie haga su riqueza a costa del sufrimiento del otro. Monseñor Romero predicó un mensaje de esperanza para los pobres, un mensaje que nos libera de nuestras cadenas opresoras y nos libera del sufrimiento.

En este sentido, Monseñor desafió los valores del individualismo, egoísmo, apatía y mezquindad; que son los valores del capitalismo. Asimismo, desafió la riqueza infinita, aquella que se hace sobre la negación de la propiedad privada, el hambre, la sed y la muerte del pobre. Su amor por el pobre, por el desposeído, por el violentado y sufrido fue tan grande que ofrendó su vida por ellas y ellos.

A pesar de su asesinato, de su silenciamiento, su palabra sigue resonando, sigue repitiéndose y cobrando fuerza en una lucha permanente contra la injusticia, contra todos aquellos que hacen negocio para enriquecer sus bolsillos y dejan al otro en la calle, sin agua y sin alimento. Estas personas, que se dicen creyentes, son peor que Moloch, predican un dios tan grande como sus bolsillos y tan pequeño como su fe y amor; para ellos, la palabra de Dios debe ser bondadosa para sus intereses y, por el otro lado, los pobres deben recibir la noticia de Dios con alacranes. ¡Sinvergüenzas! Ninguna madre y ningún padre le gusta ver sufrir a sus hijos, menos al desprotegido.

Estos hipócritas, que dicen amar a Dios, pero les encanta hacer sufrir a su prójimo, son peor que aquellos romanos que cobraron impuestos al pueblo judío en los tiempos de Jesús; son unos pecadores de primera porque aman perpetuar las injusticias. Entre estos pobres de fe y amor se encuentran los Heraldos del Evangelio, quienes predican un dios de muerte y sufrimiento para el pobre, contrario al Dios que predicó Monseñor Romero: el mismo Dios en el que creyó Abraham al desobedecer la Ley que exigía sacrificar al primogénito. Los Heraldos del Evangelio están construyendo el Centro de Adoración a la Virgen de Fátima en Valle el Ángel, un recinto de adoración a dios que solamente refleja su concepto tan diminuto de lo que es dios: un dios tan pequeño al que es necesario hacerle una iglesia, un dios que no es omnipresente y, por lo tanto, no puede ser encontrado en Valle el Ángel -creación de Dios-; por lo que es necesario hacerle su iglesia.

Estos mercaderes de la fe son tan descarados que, en su página web, piden una donación para “atesorar un tesoro en el cielo”, recordando un poco a las indulgencias que cobraba la iglesia en el bajo medievo. Esta iglesia será una iglesia para el rico, para el que ha hecho su riqueza mediante la opresión; esta iglesia es el monumento a la idolatría del dinero por parte de los Heraldos del Evangelio y la familia Dueñas.  

Así como los Heraldos, hay otros desalmados que no aman a Dios porque no aman al prójimo. Fue, precisamente, contra este tipo de personas que Monseñor Romero predicaba un evangelio duro, un evangelio que auguraba la pérdida de su riqueza espuria para que el pobre deje de ser pobre, para que el que tenga sed y hambre pueda beber y masticar a Dios en cada gota de agua y en cada grano. Por todo esto, Monseñor Romero fue la voz de los sin voz.

Todo el mensaje, el evangelio, el accionar de Monseñor Romero debe ser inspiración para todas y todos los que queremos un mundo en el que la vida valga más que el dinero y todos esos dioses de muerte. Monseñor Romero predicó esperanza, vida, amor, justicia, solidaridad y empatía. La lucha de Monseñor Romero fue predicar un Dios que no precisamente lo encontramos en el cielo; sino acá, entre nosotras y nosotros, en el prójimo, en el otro, en el que no tiene agua para beber y pan para comer, en las víctimas de un sistema que disfruta volver mísera la vida y normalizar el sufrimiento.

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