Sobre el día de la cruz

En nuestro país, como en otros muchos del mundo, conmemoramos cada 3 de mayo el día de la cruz. Al parecer, es un día que tiene su origen en la época de Constantino y, por supuesto, de ser así, tenía un significado totalmente diferente al que tiene hoy en día. Con la invasión española en NuestrAmérica, de una u otra forma, hubo un intercambio cultural -aunque sea de baja intensidad- entre los nativos del “nuevo continente” y los del “viejo continente”; teniendo el significado contemporáneo. En nuestros días, el día de la cruz, si bien es una fecha de la iglesia católica, posee elementos culturales y de fe de los pueblos originarios, puesto que la especie de monumento que se elabora representa el paso de la lluvia y la renovación de la tierra, el crecimiento de las flores y el desarrollo de los frutos que se colocan en la cruz. En esencia, se le pide a Dios que bendiga la tierra para que esté llena de prosperidad.

En este sentido, el día de la cruz es un acto de fe, un suspiro de las creencias religiosas de un pueblo que, en muchas ocasiones, es lo único que le queda al ser brutalmente oprimido y vaciado de vida. Hoy en día, colocar la cruz, tener fe en la rogación a Dios de que llene las tierras de prosperidad, es insuficiente. No es un secreto que, a nivel mundial y nacional, la humanidad transita por la vergonzosa situación de una crisis alimentaria galopante que día a día, hora a hora, minuto a minuto, se cobra la vida de miles y miles de personas que se encuentra en situación de desnutrición crónica y severa, la cual es provocada por una mala calidad nutricional.

A nivel planetario, nuestro sistema de producción alimentario genera más alimentos de los que consumimos, es decir, la oferta rebasa en gran medida a la demanda, puesto que, actualmente, poseemos alimentos para alimentar a unas dos mil millones o catorce mil millones de personas -la población mundial a penas excede los siete mil millones de habitantes-. Sin embargo, la abundancia no es sinónimo de bonanza y prosperidad para todo el mundo. A pesar de la enorme producción de productos alimentarios, en el 2020, a escala mundial existe un aproximado de 571.6 millones de hambrientos. Esta cifra, con la crisis sanitaria y la actual disputa por la hegemonía mundial, de acuerdo con estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), podría haber aumentado a un aproximado de 811 millones de personas.

Como ya se dijo, la causa del hambre no es la escasez de alimentos debido a la sobrepoblación, sino la desigualdad generada por el capitalismo que tiene su expresión, en el caso de los alimentos, en el agronegocio que ha convertido a los alimentos en “commodities”. De hecho, alrededor de los alimentos se ha montado todo un negocio especulativo que, con el paso del tiempo, ha innovado en técnicas de capitalismo improductivo -especulativo-, pasando del acaparamiento directo y mercados de futuro al actual sistema de ingeniería especulativo. En palabras más claras, el actual sistema económico hace que la necesidad de alimentos para la vida de cientos de millones de personas sea sacrificada para satisfacer la sed de ganancia de sus corporaciones.

En el caso de El Salvador, inevitablemente, somos fuertemente afectados por los vaivenes del mercado globalizado, aún y cuando somos capitalismo periférico. Sumado a esto, la realidad nacional hace que la crisis alimentaria se agrave aún más, puesto que, con la transformación de la dinámica económica iniciada en 1989, de manera acelerada, se fue abandonando la agricultura nacional. Esta actividad pasó de aportar el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) Nacional en la década de los sesenta, a representar el 5.8% del PIB en 2017. Esto implica que la agricultura, dado su deterioro y todo el negocio especulativo que hay a su alrededor, ha sido abandonada al punto que somos un país altamente dependiente de las importaciones realizadas con los Tratados de Libre Comercio suscritos con el istmo centroamericano, el CAFTA-DR., México y Chile.

A lo anterior hay que agregarle que la finita tierra existente está siendo mercantilizada y destinada a actividades económicas improductivas -si nos basamos en que una actividad es productiva si genera bienes destinados a la satisfacción de necesidades esenciales, podemos afirmar que todo aquel acto de producción de bienes y servicios inaccesibles para las mayorías, definitivamente, se vuelve improductivo-, tales como la especulación inmobiliaria y proyectos turísticos. Esto asfixia la producción de alimentos locales, dado que la tierra cada vez se hace menos y, como consecuencia de la mercantilización, la capacidad ecológica de la misma se vuelve cada vez más decadente.

Sin duda, el tema del hambre a nivel mundial y en nuestro país es sumamente complejo, es atravesado por dimensiones económicas, sociales, ecológicas, políticas y culturales. En este sentido, esta pequeña disertación propone que, en el marco del día de la cruz, no solamente reflexionemos sobre nuestras hermanas y hermanos hambrientos, en toda aquella y aquel que se ha privado de un tiempo de comida por el encarecimiento de la vida; sino que, además, actuemos por transformar un sistema alimentario pútrido, en el que la ganancia de un individuo es el hambre de millones de personas. Así, la fe en el día de la cruz debe ir acompañada de acción, de tal manera que todo hambriento pueda vivir el acto espiritual de comer un pedazo de pan.

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