El día internacional de las juventudes

En diciembre de 2009 , la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas adoptó la resolución 64/134, que proclamó el año internacional de la juventud, el cual se conmemora cada doce de agosto desde el año 2010. El objetivo de este día es hacer un llamamiento a los Gobiernos, la Sociedad Civil, las personas y las comunidades de todo el mundo, para que adopten este acto y, así, se reconozcan los derechos de la juventud en el planeta.
Este día no puede dejar de enmarcarse en el contexto en el que vivimos, en el que estamos produciendo, reproduciendo y desarrollando una vida que cada vez se hace menos consensual y factible a nivel general y, para el caso de las juventudes –hablamos de juventudes porque estamos conscientes que no hay una forma o manera única de ser joven-, se agrava aún más cuando la tendencia del sistema civilizatorio es destruir cualquier manifestación y forma de vida. A esto hay que agregar que este sistema únicamente se preocupa por promover una actitud celebratoria, estática y acrítica ante esta situación degradante para las juventudes.
Lo anterior implica volver la mirada hacia la matriz social de dominación que azota las condiciones de vida, las identidades y protagonismos de las juventudes. En otras palabras, es necesario ver críticamente el sistema capitalista y su sistema de desarrollo neoliberal, al patriarcado y al colonialismo que, juntos, se articulan para dominar, someter, excluir y explotar a las juventudes. Para reforzar esto es imprescindible traer algunos datos ejemplificativos sobre las condiciones sociomateriales de nuestro país: ambientalmente El Salvador, conforme al Sistema de Información Hídrica del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, cerca del 95% de los ríos y lagos están contaminados; la cantidad de bosque es apenas del 38% a nivel nacional (799,209 hectáreas), lo que implica la pérdida de hábitat de especies, pérdida de la capacidad de infiltración del agua, aumento de la contaminación del aire, así como la erosión del suelo.
Social y económicamente hablando, El Salvador vive una situación cada vez más dramática, que marcada por el racismo, clasismo, desempleo y la ausencia de una educación de calidad. Durante el régimen de excepción, desde el día 26 de marzo –fecha en que se aprobó- hasta el 10 de julio, se han capturado 45,376 personas, de las cuales cerca del 60% son jóvenes de entre 18 y 30 años; quienes, en su mayoría, comparten perfiles o características fenotípicas, sociales y económicas: personas de piel morena u oscura, ruralizadas, empobrecidas, que habitan en territorios dominados por pandillas y, además, que no poseen empleo -9 de cada 10 jóvenes están desempleados-; es decir, las cuestiones de “raza”, “pobreza” y “ruralidad” son interseccionales y los convierten en blanco de capturas.
Además de lo anterior, a raíz del pensamiento dicotómico que, en el caso de cuestiones de género y sexo, simplifica todo a hombre y mujer, sumándole la fobia a diversas expresiones sexuales; en El Salvador esta población es sometida a tratos crueles, inhumanos y degradantes; víctimas de la discriminación sexual y de la negatoria de su identidad como producto de una colonialidad del ser. Esta situación se refleja en la resistencia a la aprobación de una Ley que reconozca la identidad de género como un derecho.
Todo lo anterior solamente constituye una diminuta parte de la totalidad social que no ofrece condiciones óptimas para la producción, reproducción y desarrollo de una vida satisfactoria para las juventudes. Todo este contexto es provocado y acentuado, como ya se dijo, por una matriz social compuesta por diversos dispositivos de dominación, muerte y destrucción: capitalismo, patriarcado y colonialismo. Respecto de este último, el colonialismo, se refiere a la fijación de modelos de referencia para la visión del mundo, así, América Latina debe ser como “nor-europa” si quiere ser una región desarrollada; las mujeres deben ser como los hombres para ser elevadas a la categoría de sujetos de la modernidad y gozar de la igualdad.
En el caso de las juventudes, además de estar atravesadas por las categorías tradicionales del colonialismo –mencionadas someramente líneas arriba-, son permeadas por el adultocentrismo, lo cual marca relaciones sociales desiguales para las juventudes y, además, refleja en la etapa adulta una etapa acabada al que se debe aspirar socialmente; por lo que las demás etapas de la vida: infancias, adolescencias y juventudes, son inferiores a la etapa adulta. Este adultocentrismo despoja a las juventudes de su condición de sujeto político, debilitando o desapareciendo su capacidad de transformación social a raíz de la rebeldía que es innata a las juventudes.
Toda esta contextualización es importante de realizar, es imprescindible situarnos e historizar los conceptos para determinar el momento de la realidad histórica en la que nos encontramos las juventudes; una realidad que refleja una sociedad cada vez más precarizada social, económica, ambiental y culturalmente hablando; así como un Estado que día a día se fortalece en lo militar, pero que se debilita en lo social.
Frente a esto, el reto que tenemos como juventudes es recuperar totalmente nuestra rebeldía social, individual y colectiva, expresar nuestro rechazo a la dominación, a la exclusión, a la muerte y, así, revelarnos contra un sistema que flagela nuestras condiciones de vida, que reduce nuestro ser y rechaza cualquier manifestación que rompa con la dicotomía o la simplificación de la vida. Llena de esperanza que, hoy en día, dicha tarea ya se está cumpliendo mediante la organización social, mediante el uso del derecho como herramienta para formular nuestras exigencias, así como por la toma de calles ante la injusticia social. Sin embargo, aún queda mucho por hacer por, para y desde las juventudes.
