El verdadero decubrimiento de 1492 y su detestable legado

La historia universal, que no es más que un discurso hegemónico que deriva del colonialismo del saber, nos narra que Cristóbal Colón, en su viaje de exploración de una nueva ruta que uniese a Europa y Asia, descubrió el vasto territorio de lo que hoy llamamos América. Todas y todos sabemos lo que inició en este momento histórico: el nacimiento del sistema colonial. Este momento de violencia extrema ha sido ocultado por la historia eurocentrada mediante un discurso histórico que afirma la llegada de la civilización occidental y moderna a un territorio en el que se vivía en una pre-modernidad.

Así, con el afán de “modernizar” a América, los invasores colonizaron en el ser –cosificación de los pueblos originarios y, a la vez, despojándolos de su capacidad racional y cognitiva, reduciéndolos a objetos susceptibles de ser conocidos-; en el saber –eliminación de todo conocimiento que no se identifique con los preceptos epistémicos de Europa, lo cual implica una pretensión de monoculturalidad-; así como en el poder –creación de categorización del ser humano mediante la raza y el género, desplegándose así la clasificación sexual y racial del trabajo-.

En este orden de ideas, se puede identificar el nacimiento de una nueva subjetividad, de un nuevo ser cuyo interés es someter, dominar y conquistar, mediante la violencia, todo lo que, según esta identidad emergente, es inferior a la misma. Esta identidad es el producto de un largo proceso que, como ya se dijo, nació; pero, a la vez, se manifestó y consolidó durante la época colonial. Estamos hablando del conquistador –ego conquiro-, cuya construcción puede segmentarse en cuatro aspectos: empieza con el encuentro con el nuevo mundo; seguido de la construcción de un discurso en el que el otro queda integrado a la nueva cultura occidental; así como el sometimiento y la civilización, es decir, introducir al indígena a la visión de ciudadanía desde la visión de la modernidad.

De este modo, empieza la utilización del recurso de la violencia del conquistador como mecanismo para imponer su hegemonía sobre el conquistado, destruyéndose así el mundo de la vida de los pueblos originarios y, como contrapartida, se impone el mundo de la vida de la subjetividad que conquista. Esto dio lugar a que los europeos redujeran al conquistado a un mero objeto, anulándolo y despojándolo de su calidad humana. En este sentido, la modernidad se fraguó sobre la victimización de los nativos del territorio “descubierto”, sobre el saqueo y la violencia que el ego europeo realizó contra los pueblos nativos.

Por lo anterior, Ignacio Ellacuría afirma que “en la primera entrada de Europa, encabezada por España y Portugal, en el ámbito de lo que hoy es América Latina, lo que se puso de manifiesto fue un descubrimiento del que conquista y un cubrimiento violento y violador de los pueblos allí existentes, de sus culturas, de su religión, de sus personas, de sus lenguas. Se cubrió lo que había allá y se cubrió de manera violenta. Este cubrimiento profundo dio lugar a una nueva cultura, a una nueva raza, a una nueva religiosidad”.

Con lo afirmado por Ellacuría, lo que en realidad ocurrió en 1492 fue el descubrimiento de un ser violento cuya construcción se ha hecho sobre el menosprecio y la anulación del otro. Esta subjetividad conquistadora impuso todo su mundo de vida, su cultura, su religión sus dinámicas relacionales; por lo que el supuesto descubrimiento no se da como descubrimiento del otro, sino como descubrimiento de “lo mismo” de Europa.

Este sistema de dominación, de violencia, de la afirmación de unos sobre otros; sigue vigente y permea las dinámicas de interacción entre individuos. De este modo, el saqueo, la conquista, la invasión siguen teniendo lugar entre países –conflictos bélicos por el acaparamiento de bienes naturales-; así como entre diferentes grupos sociales que habitan en un mismo territorio.

Este ocultamiento y anulación de los más empobrecidos, de los que viven en la negatividad –es decir, a quienes se les han negado las condiciones de vida-, no es más que un resabio, un legado cargado de inmoralidad e injusticia, del colonialismo; el cual se ha profundizado con el neocolonialismo.

Por todo, el sistema colonial, desde 1492 a la época contemporánea, ha sido la imposición de la muerte de las mayorías para que la vida de unos pocos pase de la necesidad a la superfluidad; para que unos pocos se afirmen sobre la humillación de “los muchos”.

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